Se ha extendido por el país cual epidemia con una fuerza y vigor que asusta, como si nada fuese más importante en este momento, o como sí la continuidad e existencia de todo y todos dependiese de ello. Hablo de la inauguritis, esa enfermedad que cada cierto tiempo se apodera de la clase política y para la cual parece que no hay vacuna o cura, sobre todo si el enfermo nada hace para remediarlo.
La Ley Electoral trató de curarla impidiendo su propagación en tiempo electoral, pero ahora se manifiesta con anterioridad, atacando con una fuerza inusitada antes de que por arte legal desaparezca.
Ya desde los tiempos del NODO asolaba el país, aunque obviamente sin elecciones de por medio, con aquella voz que siempre empezaba “su Excelencia el Jefe del Estado” y las imágenes de un pantano u obra y la cinta con la rojigualda a la que aplicarle las tijeras, las leyendas urbanas incluso hablaban de un doble para realizar dichos menesteres.
Dejando a un lado el mundo del blanco y negro, o mejor el de las sombras, en estos tiempos más coloridos continuamos con la misma práctica, apenas han cambiado las formas, la enseña nacional por la autonómica, menos uniformes y a veces unas tijeras más grandes de los normal para dar un toque distendido, pero la finalidad sigue siendo la misma: mostrar los logros.
La enfermedad llega a tal punto que no escapa nadie de ella, da igual la ideología, color o lo afirmado en el pasado, porque en este punto también entran los que desde la el otro lado de la berrera muestran ferozmente su oposición esos actos inaugurales, pero cuando llega la hora y la ocasión tijera en mano no hay piedad con la cinta, así que aquello de “quien este libre de culpa que arroje la primera piedra”.



